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Santiago. O cómo la curiosidad no siempre mató al gato

Hace unos días tuve la gran oportunidad de tener un invitado de honor en mi casa para una estadía de un día: mi sobrino Santiago, que es un niño de poco más de tres años y medio, que tiene las enormes cualidades de ser bondadoso, cariñoso, educado, y sobre todo muy buena persona (algo que a muchos se les ha olvidado), pero también tiene otra faceta, y es que es un niño muy preguntón (supongo que a quienes tengan hijos no les sonará raro esto).

Mi sobrinito hacía dos preguntas ante cualquier situación: ¿qué es eso? y ¿por qué?, y en la medida en que me iba preguntando me daba cuenta como cada vez más los adultos vamos perdiendo esa capacidad de cuestionarnos las cosas y darle la vuelta para conseguir una solución. Muchas veces hacemos trabajos o reflexiones mecánicamente sin preguntarnos qué es eso, o por qué ocurre. Hay muchas cosas que están ocurriendo en España útilmente: mencionando unas pocas tenemos la enorme escalada (o mejor dicho, el enorme descubrimiento) de corrupción en las cúpulas políticas, el ascenso de Podemos como fuerza electoral en tiempo récord, o el independentismo en Cataluña, y siempre se escuchan opiniones que vienen desde adentro, sin preguntar antes las causas de estos fenómenos, como lo haría Santiago. Son simples opiniones viscerales que a veces bordan el ridículo.

Los adultos perdemos muchas buenas cualidades de la infancia a lo largo de nuestro crecimiento: sonreír a los demás, compartir, ser honestos, mirar a los ojos, agradecer, ser espontáneos, etc. pero una capacidad que no podemos perder es la de preguntar qué cosas ocurren y por qué ocurren esas cosas, ya que es una de las mejores capacidades que podemos tener como personas y como profesionales.

Pero otra de las cosas que más me sorprendió de Santiago es que sus preguntas no tenían respuestas complejas, simplemente hay que darle las respuestas como se las darías a un adulto , y él lo entendía perfectamente: sin torcerlas y sin tergiversarlas, y este es mi segundo punto de reflexión: no necesitamos grandes palabras ni grandes documentos para explicar nuestras respuestas: las podemos encontrar con el mínimo esfuerzo (si les interesa esto, recomiendo el excelente artículo: No me expliques cómo funciona tu reloj si sólo te pregunto por la hora de Emprenderalia). Incluso este artículo que escribo se está haciendo largo…

En un mundo donde cada vez parece que tenemos menos tiempo, donde cada vez necesitamos saber las cosas con más inmediatez y donde las cosas ocurren a un ritmo vertiginoso, hay veces que un informe de 150 páginas, con todos los datos cruzados por todo y una presentación de dos horas ya no tiene el valor de antes. Lo que ahora tiene valor es sintetizar los conocimientos en ideas clave, y si se quiere profundizar en ello, ya podremos hablarlo con más calma… eso sí, sin caer en dejar de dar los datos relevantes para el que lee nuestro informe.

Bueno, pues eso es todo… sean curiosos, pregunten y no se olviden de dar respuestas concretas (que no es lo mismo que respuestas cortas o insuficientes), que casi siempre son las mejores y las que generan menor ansiedad a los que tienen que tomar decisiones.